Occidentosis

Escrito preparado para el catálogo de la exposición colectiva "Occidentosis", bajo la supervisión de Leucocarbo Ediciones.

Santiago, Chile. 9 de Marzo 2019.

–¿Recuerdas tú el episodio de la leche derramada?
–Solo recuerdo el de la leche expulsada por la nariz,
decían los actores.


El hedor de tus axilas me provocan catarro

La higiene bucal de mi padre es grotesca. Y no solo la bucal, sino su higiene completa: lo he visto repetidas veces mear en una botella.
Lo he visto, lamentablemente, en reiteradas ocasiones y lugares; en viajes en la carretera, en fiestas caseras en la logia, en su pieza al lado de la cama, en el patio sobre las baldosas, en el patio de la capilla sobre las baldosas, en la capilla en la sala de catequesis. Lo he visto.
Lo he visto, /leider/, a través de variados dispositivos; gafas, ventanas, papel calco o mantequilla –como usted prefiera llamarlo–, un anillo, mis palmas abiertas sobre mis ojos o a través de mi mano empuñada. La mirada que atraviesa atmósferas, mi padre encerrado, su silueta empapada por mi humor acuoso.


Profeta Isaías serrado en dos

Humberto Cipriano dice no recordar nada.
Absolutamente nada de lo que hizo la tarde del miércoles es recordado. Algunos especulan que es amnesia, otros comentan que fue puesto en una situación de vulnerabilidad. Casi todos, al unísono, dicen Drogas, Burundanga, Sistema Nervioso. Alertas sobre alzhéimer, esa tan temida enfermedad de los que recuerdan demasiado. Fuere lo que fuere, el hombre no recuerda ni Jota. Olvido total desde las tres hasta las veintiún horas. La memoria es frágil, dicen los desentendidos, frágil e inestable como la misma infancia, así de frágil así tan frágil que debe ser ejercitada diariamente con intervenciones en los registros personales, del tipo contar con los dedos o repetir en voz alta la frase:
Nadar es ser sostenido por aquello en lo que te sumerges.
Yo, desde una esquina, pienso en mi propia sensibilidad, pienso en el cartón, soy el asombro.


Yunque pequeño de hojalatero Inv.

Me habían comentado al pasar, un caluroso atardecer en la región de Magallanes, que el crucigrama de El Pingüino de ayer había quedado absolutamente vacío. Yo no respondí, pero ubiqué en el reverso de mis ojos la imagen de una niña ahogada en su propio vómito. La velaban en la Iglesia del Perpetuo Socorro, la procesión ocurría sobre el pasonivel de Blanco Encalada. Los familiares, naturalmente de negro, miraban hacia abajo, apoyando ambas manos sobre la baranda. Algunas manos estaban cubiertas por guantes negros, las de las señoras. Casi todos se mareaban por el espectro fantasmal que dejaban las tres hileras de autos que corrían, pero nadie vomitaba por respeto a la fallecida. Sin embargo, bastó la individual agitación que un perro de la calle le causó a un bebé sietemecino para que, sobre las mismas tres hileras de autos que corrían, cayera un vómito explosivo y aliviador, excepcional pero monocromo, y que incluso podría asegurar era opaco. De no ser por los quejidos y el murmuro de las bascas, nadie lamentaría hoy aquel episodio, pues la cantidad de vómito que yacía sobre los techos de metal y el asfalto no reflejaban la más mínima luz. Las personas, desde arriba, fueron incapaces de ver: no había signos de estímulos lumínicos.
En la entrevista a uno de los testigos, él asegura no saber de lo que le están hablando. Insiste en que la prensa sensacionalista juega con la ingenuidad e ignorancia de los pobres, a gritos explica que no recuerda nada, que aquello lo han inventado los rencorosos de la memoria. Se exalta y huye, la entrevista se da por acabada, adelante estudio con el índice apuntando hacia la cámara. El hombre, tras caminar varias cuadras agitado por su conciencia y visión, se ha ahogado con el vómito del mundo, con las imágenes y los gritos. El vómito del mundo, que es nuestro alimento. En un galpón, alguien susurra: ¿no son para los artistas las imágenes el pan de cada Día?, y, en realidad, lo son para todos.

Las publicidades modernas auguran que el mejor examen para reconocer un alzhéimer avanzado es humedecer tus ojos –con llanto o lluvia, que es casi lo mismo– y leer, de izquierda a derecha y como Dios manda, la frase:
Nadar es ser sostenido por aquello en lo que te sumerges.
Si posterior a ello inmediatamente no recuerdas la imagen del sol penetrando en el agua turbia o cristalina –eso no interesa– o, por lo menos, el momento de tu parto, deberías ser urgentemente diagnosticado con un severo cuadro de Occidentosis.


Postscriptum 1: Este texto fue escrito con el cuaderno encima de la pantalla de la computadora, sin ver absolutamente nada.

Postscriptum 2: Después fue visto, corregido y justificado por mí, por ser incapaz de leer los errores. Tuve que mear en una botella porque los dos baños estaban malos.

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